La mirada de Virxilio Viéitez

Virxilio Viéitez, fotógrafo gallego, nacido en Soutelo de Montes, Forcarei, en 1930 y que falleció en 2008 en el pueblo que lo vio nacer. ¿Por qué comienzo mi andadura en el mundo de los blogs precisamente hablando de Virxilio Viéitez? Podría haber escogido cualquier otro fotógrafo; hay grandes nombres, genios reconocidos de la fotografía que inspiraron a generaciones de fotógrafos, a mí incluído (Robert Frank, Cartier-Bresson, Richard Avedon, Danny Lyon…)

 

Escribo sobre Virxilio Viéitez porque viendo una de sus imágenes fui por primera vez consciente de algo que, afortunadamente, me ha ocurrido más veces ante otras fotografías: frente a la imagen de algo (de alguien) que en principio estaba alejado de mí social y culturalmente, sentí una nostalgia tan intensa que me daba la sensación de estar viendo a un familiar, a mi madre o a mi abuela; tuve la sensación de recuerdos pasados, de vivencias cercanas, como una especie de momento soñado que no recordaba; quizá “Morriña”, con la primera en mayúscula, sea la palabra que mejor lo defina; algo en mi cerebro se estremeció y conectó inmediatamente con Dorotea, que así se llamaba esa mujer de la imagen, según supe más adelante . El retrato de Dorotea con su radio es la foto que acompaña este texto, la única que creo necesario elegir para definir la fotografía de Virxilio Viéitez.

Dorotea, la viuda Dorotea, de luto riguroso, posa solemne, digna, a la entrada de su casa; la antítesis de la señorona de ciudad. Posa sentada al lado de la radio que pudo comprarse con el dinero que le mandó uno de sus hijos desde Venezuela, el único, de los cinco que tuvo, que pudo marcharse a labrarse un futuro lejos de una Galicia que se moría de hambre pese a ser una tierra fértil y llena de recursos. Dorotea pasa un brazo sobre el respaldo de la silla, protegiendo aquella radio que le hacía compañía y la conectaba con el mundo, como si se tratase de su propio hijo, o al menos de una parte de él. Los labios insinúan una sonrisa de orgullo que la mujer contiene para no “estropear” el momento. Se toma la fotografía para enviársela a su hijo y que éste vea que su madre está bien, que le hizo caso y se compró el aparato. La sencillez casi infantil de la fotografía y al mismo tiempo las infinitas capas emocionales que contiene son lo que hace, para mí, que esta imagen sea el epítome, si se me permite la pedantería, de lo que debe ser un fotógrafo y de lo que debe ser un retrato: reflejar de una forma magistral una realidad cargada de matices que pueden resumirse sólo en una toma, la que hizo Virxilio Viéitez.

 

Viéitez, el no-artista, el artesano de la fotografía. Un fotógrafo ambulante que hacía fotos por encargo, sin pretensiones, y que por su pureza y precisamente por esa falta de pretensiones obtuvo imágenes que lo transportan a uno a lugares escondidos dentro de su memoria, quizá grabados de alguna forma en el inconsciente personal. Fotos que uno puede ver pensando en las vivencias de su propia gente.

Viéitez, que fue, como casi todos los gallegos, emigrante; que no obtuvo reconocimiento a su trabajo hasta su vejez, y que habla de Cartier-Bresson, a quien conoció en una exposición en París, como de “Cartier, el francés. Que a saber lo que le rondaría la cabeza en sus primeras fotos. Que tenía fotos buenísimas pero también fotos borrosas, sin luz, como las de todos”. En fin: Viéitez, un tipo que consiguió trascender haciendo fotos de carné, retratando celebraciones, bodas, funerales y nacimientos.

 

Os dejo también un enlace a un pequeño vídeo de Vimeo, un capítulo de la serie sobre fotógrafos “La voz de la imagen”, en el que él mismo cuenta, de una forma más sencilla que yo, con un amago de sonrisa, la sonrisa de Dorotea, cómo logró ganarse la vida haciendo lo que le gustaba: fotografías.

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